¿Cuál ha sido el paso sucesivo para que la RSE pasara de ser una reacción a la presión externa a una iniciativa de los empresarios?¹ ¿Cómo se crea valor compartido? ¿Qué papel juega el compromiso ético?
Paola S. Delbosco*

Es bueno comenzar el año de trabajo con un desafío. Propongo el siguiente: trabajar para que queden alineados dinámicamente los distintos ámbitos de actividad de la sociedad. ¿Qué significa esta frase, que -reconozco- me salió un tanto sibilina? Se trata de ver en qué consiste la calidad ética de las decisiones de los que ejercen poder, no sólo en cuanto personas – toda persona libre es responsable de sus decisiones-, sino especialmente en cuanto potenciales constructores del bien común.
Todo el misterio de la Responsabilidad Social de las Empresas, finalmente, no es más que tomar en serio la dimensión ética de la acción humana, con la amplitud de la mirada proporcional a la capacidad real o potencial de influencia. No hay duda de que la actividad de las empresas representa una ocasión espléndida de prosperidad social, no sólo a través de la producción de objetos útiles o la prestación de servicios, sino también a través de los puestos de trabajo ofrecidos a las personas, a través del ulterior desarrollo de sus capacidades, de las continuas oportunidades de realización e innovación en pos de la excelencia, etc.
Sin embargo, no siempre se vio con claridad el nexo de posible y necesaria cooperación entre empresa y sociedad. Cuando hace unas décadas se habló de la dimensión ética de la actividad empresarial, actuar éticamente parecía constituir el precio para la aceptación por parte de la ciudadanía, casi una reparación al eventual daño que la actividad pudiera producir, o hasta un pedido de disculpas anticipado por su eficiencia y su poder. Nos encontrábamos todavía en la fase de una Responsabilidad Social orientada a la reparación, y por lo tanto básicamente reactiva. Esto produjo la preferencia por acciones siempre bien visibles, para exhibirlas como pasaporte para la aceptación por parte de los grupos de interés o los ciudadanos en general. Las personas en los cargos directivos y sus grupos asesores estaban continuamente atentos a los cambios de gustos y de humor del público al que se dedicaban las acciones de la RSE, siempre a la espera de ver qué cosas serían vistas mal (o bien) de ahora en más, como si se tratara de un juego cuya iniciativa estuviera siempre en las manos de los demás.
Dado que estas preferencias estaban dictadas por las exigencias externas a la actividad específica de la empresa, constituían naturalmente inevitables costos, con el agravante de su misterioso y continuo desplazamiento: los ruidos, la polución ambiental, la exclusión social, la falta de alfabetización, la desnutrición, el abuso del agua, las descargas tóxicas, etc. Una lista imposible de completar, dado que la realidad es compleja y cambiante, y el foco de la atención de la gente fácil de atraer hacia lo nuevo. ¿Cuál ha sido el paso sucesivo para que la RSE pasara a ser de una reacción a la presión externa a una iniciativa de los empresarios?² Se trataba de cambiar el juego.

La idea del valor compartido ( shared value) de M. Porter y M. Kramer , lanzada hace un tiempo, vuelve hoy a desafiar empresas y sociedad, en un mundo global, para que descubran cómo pueden aliarse para producir algo ventajoso para ambas instituciones. Este concepto vuelve en 2011 con más fuerza, para renovar no sólo la imagen pública del capitalismo, tan fácilmente asociable con explotación, voracidad e injusticia, sino para potenciar su efectiva capacidad de crear un ámbito humano más pleno. Este reciente artículo de Porter y Kramer (Creating Shared Value )³ va por más, fortalecido por las experiencias promisorias de unas cuantas empresas que, apostando a la creación compartida de valor, han logrado un notable crecimiento cualitativo y cuantitativo, junto con la mejoría de la calidad de vida y de trabajo de la sociedad en la que actúan. Se trata de ver con otros ojos la realidad. La tarea directiva es un privilegio, al que cada uno debe responder poniéndose a la altura del poder que confiere, que es mucho.
Pensando en cómo crear valor compartido, es bueno tener presente que el mismo concepto de valor se refiere a un tipo de conducta o actitud que signifiquen algo positivo no sólo en el que actúa sino también en el entorno. A mayor poder, más amplia y más abarcativa debe ser la visión del entorno, porque las decisiones afectarán a un mayor número de ámbitos de la realidad.
Estamos llegando al núcleo de este texto: nos preguntamos al comienzo si es posible alinear dinámicamente los distintos ámbitos de la sociedad, y en particular nos preguntamos cómo hacerlo en la actividad empresarial, especialmente en las tareas de gobierno. Podemos ahora afirmar que es posible reconociendo la dimensión ética de la conducta humana. La afirmación de que a mayor poder le corresponda mayor responsabilidad, si bien es incuestionable, impulsa a asociar casi involuntariamente la mención de responsabilidad con la idea de un creciente número de impedimentos y trabas a la acción, pero es interesante saber que la responsabilidad implica un mayor respeto de la realidad, en todas sus aristas, en toda su complejidad.
Se puede decir que la realidad también responde cuando se la respeta. La clave de este cambio de acento está sin duda en las personas, en especial en quienes, por su rol directivo, se constituyen en modelos – buenos o malos- de conductas. Asumir con responsabilidad ese rol implica fortalecer las raíces de integridad de la persona; éstas intensifican la capacidad individual de tomar decisiones ampliando el espectro de alternativas, y eligiendo las que producen los mejores efectos, no exclusivamente en el orden económico, sino teniendo en cuenta de nuevo la complejidad de lo real, y los valores que hay que honrar. En el trabajo de campo que precedió la publicación de nuestro libro, Integridad, un liderazgo diferente; los entrevistados insistieron en que ser íntegros implica ser fieles a valores humanos auténticos; esta fidelidad pudo parecer una gran desventaja en algún momento puntual, pero indefectiblemente se tornaba ventaja en el mediano y largo plazo, fortaleciendo tanto a la persona como a la institución que lideraba.
Quizás llegó el momento de decir que esta actitud más integrada e integradora permite finalmente tejer las necesarias alianzas entre las distintas instituciones de la sociedad, para que el resultado de sus esfuerzos se sume en la realización común de un mundo más próspero y más humano. La clave está en el compromiso ético de cada uno, individualmente, y en la calidad ética de la convivencia en las instituciones. La posibilidad de un cambio está en nuestras manos.
*IAE Business School -Universidad Austral- Co autora de "Dar sentido a la empresa" e "Integridad, un liderazgo diferente".

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